Todas las fotografías y dibujos de este blog pertenecen a la familia Bayona Estradera. Se trata de imágenes antiguas restauradas, algunas de las cuales tienen más de cien años. La imagen de portada es de mis padres en el año 1944.

"El guardián de riquezas en la colina junto al río" es una novela de corte trágico-cómico ambientada en la Zaragoza de los años sesenta. "Yo", es un muchacho estrambótico y jactancioso que narra su vida y la de parte de su familia desde su nacimiento hasta los dieciséis años como si ésta fuera ya a fenecer. La falta casi total de referencias en esta novela, la ausencia, tanto de los nombres de los personajes que aparecen, como el suyo propio, habla por sí misma del egocentrismo esperpéntico de este niño, que decide que él es centro del universo cuando descubre que ha nacido “con velo”, la ingenua falta de comprensión de casi todo lo que le rodea, interpretando el mundo a su manera, las dudas que le acompañan a todas partes, la pasión, o debiéramos decir obsesión por la familia, las tendencias paranoicas que padece, sus lapsos imaginarios libidinosos, incendiarios y violentos que le apartan de repente de la realidad transformando ésta en abrumadoramente nítidas fantasías ora bestiales y sanguinolentas en ocasiones románticas y sutiles en otras, devolviéndose él mismo a la realidad de puro miedo, asco o gusto, las pasiones adolescentes que se suceden una tras otra, mostrando toda una galería de tipos de mujeres de las que cae prendado aun sin querer, convirtiendo algunos episodios y en el fondo toda la novela, en un Canto a la Mujer y una adoración sin límites al sexo femenino, valorándola muy por encima de su propio sexo, reflexionando sobre las limitaciones del varón, enamorándose de manera enfermiza y eventual, -siempre hay una siguiente que le sorprende de alguna forma, por su sabiduría o por la forma de caminar, mirar, o cantar. De esta manera pasa la vida, sin apenas vivirla, reflexionando y sentando cátedra a través de su filosofía de andar por casa, decidiéndose a escribir sus propios libros y a tratarlos como tesoros por el conocimiento que contienen, en claro homenaje a las obras literarias en general.

lunes, 1 de diciembre de 2014

PREAMBULO


                   Nunca imaginé que acabaría escribiendo este manuscrito si tenemos en cuenta que en él relato la historia de mi vida, cuando solamente cuento con dieciséis años, pero una serie de acontecimientos que se fueron produciendo me empujaron a anotar los sucesos que iban haciendo de mi existencia un incesante periplo por los más variopintos ámbitos de lo que existe y se ve, de lo que es, sin verse, y de lo que estando, no se puede tocar, aquí, al otro lado y en el más allá, al principio en mi contra, pues fui obligado y arrancado de mi vida adolescente y bachiller a los mundos etéreos, conociendo personas, lugares y entidades que cambiarían mi destino.
                  Algunos me tomarán por loco, otros alegarán falsedad e invención en mis palabras, o verán en mí a un visionario y por fin, los últimos, creyéndome, callarán por haber sido de los pocos elegidos que pasaron antes por el mismo trance, sin atreverse nunca a mencionar nada, por temor a la burla, y tal vez así sea mejor. Pero yo me resisto a ocultarlo. Es mi vida. Todo lo que aquí transcribo es rigurosamente irrefutable y ocurrió tal y como en su día lo escribí. Hago una observación en el sentido de que casi todo el relato está escrito a las pocas horas, tal y como iban ocurriendo los acontecimientos, lo cual le da más veracidad, pues casi no hubo tiempo para la reflexión.
                  He omitido deliberadamente fechas, lugares, nombres de personas y cualquier otra referencia, pues lo único que hacen es entorpecer la lectura de los hechos y no deseo inmiscuir a nadie sin su consentimiento, haciendo públicas sus vidas. Puede que alguien tome algún tipo de represalias. Sé que muchos tomarán mis palabras como la simple ensoñación de un niño, porque no tengo más que dieciséis años.
                  Bienaventurados los dubitativos porque, probablemente, de ellos es el Reino de los Cielos.

sábado, 1 de noviembre de 2014

CAPITULO PRIMERO: EL ABUELO


                       Mi abuelo nació en algún lugar del sur del continente europeo, probablemente Francia, a mediados del siglo XIX; su madre tenía diecinueve años cuando un viernes por la tarde, paseando por el bosque, apareció un gigante, bien parecido pero con ciertas reminiscencias de oso pardo, la sedujo con malas artes, le hizo un hijo así como si tal cosa, y si te he visto, no me acuerdo. Pasó el tiempo y tras un embarazo malísimo, descomunal y entre la vida y la muerte, parió un niño que pesó siete kilos. Como se había quedado sola y el gigante ni la había visto, ni se acordaba, cogió al crío y se largó a España. Allí fue acogida por la familia, se le obsequió con el marchamo de madre soltera, mientras mi bisabuelo, un tipo enorme, seguía seduciendo muchachitas por los alrededores. Contaba mi padre que su padre lo había engendrado a él con ochenta años y mi abuela fue su segunda esposa, ya que la primera se había muerto de cansancio con treinta y cinco años, después de haber tenido siete hijos y muchos más disgustos. Con lo acostumbrada que estaba a parir mi abuela, igual que su antecesora en el cargo (pero bastante más joven), no creo que le costara mucho esfuerzo traer al mundo a mi padre, que fue el octavo y último hijo oficial, y mi abuela debió decir se acabó y se supone que ya no tuvo más; aunque hay otra versión que apunta la posibilidad de que aunque la abuela no estaba por la labor, el abuelo bastardo le hiciera otros seis hijos, hasta catorce, pero no la daremos como cifra oficial, porque ésta es de quince de las dos madres, a pesar del tupido velo que hay en la historia familiar de mi padre y sus ancestros. Tras numerosas pesquisas, llegó a mí otra versión según la cual el abuelo era el responsable directo de otros veintiséis embarazos más, repartidos entre siete “capatazas” que dirigían sus haciendas y que, con el paso del tiempo, se convirtieron en veintiséis españoles con el marchamo de la familia.
                       Dicen que era una mala bestia de dos metros y pico largo de estatura que tenía una voz atronadora -algo tendría del animal de su padre-. Con sus manos, -cuentan-, era capaz de arrancar un árbol, poseía la fuerza de cuatro bueyes y se entendía de maravilla con casi todas las bestias y animales domésticos, incluidas las acémilas. La última noticia de la que dieron fe sus allegados fue que a los cien años se cansó del pueblo donde había vivido casi un siglo y sin decir a su familia “esta boca es mía”, un viernes por la tarde, se montó en su burra, volvió la grupa del animal, que no le debía ir muy a la zaga en longevidad, enfiló hacia Francia y fueron a morirse allí los dos. Pero como en el fondo el abuelo no estaba muy convencido de lo que le esperaba al otro lado (por muchos portentos del más allá que le contara la cuadrúpeda, se le habían pasado volando los primeros cien años y tenía ciertos remordimientos de conciencia por todas las fechorías que había estado haciendo en el más acá, desde el mismo momento en que había echado a andar), comenzó a darle vueltas a la cabeza, empezó a creerse lo que le contaba la misteriosa voz, y se descubrió a sí mismo reflexionando, -cosa que no había hecho en cien años-, sobre si sería verdad lo del infierno y la condenación eterna y el diablo, aunque no creía que fuera peor que él y que tuviera mucho cuidado ese tal demonio porque él tenía mucho genio. Por si acaso, decidió vivir ocho años más. A los ciento ocho mandó una carta desde Bélgica a su familia diciendo que se encontraba bien de salud, y que no pensaba volver a verlos nunca jamás.
                       El abuelo tenía la facultad de comunicarse con los animales, debido a la empatía que había heredado de su padre, el oso pardo. A veces y sin venir cuento, la acémila se dedicaba a patear todo lo visible y lo invisible a su alrededor rebuznando sin tregua un día entero, hasta que se le escapaba alguna coz y le daba al amo; entonces el viejo le daba más palos que a una estera y arrinconándola en el establo, muda y espatarrada en el suelo le recriminaba:
-¡Te he dicho una y mil veces que no me gusta que te pongas así de pesada, burra!
                       Una noche, el abuelo -que además de bastardo era más malo que él solo, porque era imposible que hubiera otro como él, celebrando las ganancias de un negocio de lo más fraudulento que había hecho, al que muy bien podría haberse denominado directamente “una estafa en toda regla”, empezó a empinar el codo en compañía de su capataz que permanecía en alerta permanente, dada la costumbre del jefe de dar empujones y manotazos al hablar. A las tres horas y con una cantidad de alcohol que mataría a cualquiera en el cuerpo, el viejo acabó con una borrachera descomunal, destrozó dos tabernas y peleó con tanta gente, que se despertó a media tarde del día siguiente en los calabozos del cuartelillo pidiendo agua con la voz ronca, los nudillos de sus manos despellejados, la boca totalmente seca y pastosa, las pestañas pegadas unas a otras y, a juzgar por la sensación, una docena de crías de zarigüeya arañando incansables las paredes de su estómago, si es que todavía existía.
                       Al otro lado de los barrotes le esperaban treinta denuncias por agresión. La ropa, acartonada por los vómitos secos que la cubrían y con un olor agrio que todavía persistía, hizo que terminara de despertarse. Habían sido necesarios ocho guardias para arrastrarlo por el suelo hasta la celda. “La próxima trifulca que montes, te vas a enterar” –le había amenazado el capitán de guardia, exhausto por el esfuerzo.
                      Por otra parte, tampoco se sabe si murió él primero y luego la burra, o fue al revés, probablemente se negaran a dejar este mundo, no fuera a ser que luego no hubiera nada de nada en la otra vida y entonces qué, a ver a quién pedían cuentas.
                      El abuelo tenía fincas y haciendas, -¡a saber cómo las habría conseguido, decían las malas lenguas!-, en las que trabajaban multitud de personas. Resulta algo doliente la forma que empleaba para reclutar a los obreros. Dicen que se cargaba doscientos kilos de vaca abierta en canal a la espalda y la paseaba por el pueblo como si fuera un trapo al hombro, por lo que deduzco que debía de tener una fuerza descomunal y que, por lo tanto, no esperaba menos de sus trabajadores, a los que sometía a ciertas pruebas físicas. Si, por ejemplo pactaba con diez nuevos jornaleros para ocuparse de la mies, se colocaba frente a todos y preguntándoles a cada uno su nombre, les propinaba un puñetazo en la cara con toda la fuerza que dispusiera en ese momento en su brazo descomunal. Si el obrero caía al suelo por la fuerza del golpe, -lo cual ocurría bastante a menudo dada la fortaleza de este hijo de bestia-, aquél se iba a su casa con una ceja abierta, la cara hinchada y sin trabajo, pero con el respeto de todo el mundo, estando de acuerdo en que había que tenerlos muy bien puestos o tener demasiada hambre acumulada para ponerse delante de semejante bruto. Si, por el contrario, tras recibir el golpe, el peón se mantenía en pie, eso sí sangrando como un cerdo por la nariz, conseguía el empleo y arrancaba un aplauso de admiración, por sobrellevar el dolor con tan enhiesta dignidad a todos los holgazanes que se arremolinaban por los alrededores a observar la escena como si fuera un espectáculo circense; esto no era del todo falso, pues el abuelo además de bruto era un fanfarrón y gustaba de rodearse de público, aprovechando la ocasión para sacar de paseo su vanidad y que el resto del mundo admirara su cuerpo de dos metros y pico largos y su fuerza sobrehumana.
                      Elegía para la atracción el lugar más transitado del pueblo, la plaza, donde las mujeres curioseaban tanto o más que los hombres, aunque lo hacían a distancia por puro miedo físico, -era como estar delante de un toro de seiscientos kilos-, asomándose por ventanas y balcones para ser testigos de esa especie de ejecución a puñetazos, que tenía lugar dos o tres veces al año y que previamente era anunciada por el mayoral y criado, quien voceaba la inmediata actuación del cafre; mientras, los que habían sido sometidos ya a la misma prueba de acceso en otras ocasiones, se iban situando tímidamente en la primera fila, con las manos venosas, nervudas y encallecidas de todos los trabajos por los que iban desfilando eventualmente año tras año sin pena ni gloria, apoyadas encima de los hombros todavía en formación de los niños. Éstos, que eran los más curiosos, se situaban mudos del dolor ajeno y con los ojos entornados como si fuera a salpicarles el sufrimiento aparte de la sangre, delante de los primeros para ver de cerca el tremendo golpe que se llevaba cada uno de los aspirantes al título de jornalero, -vaya un honor-, felicitándose de no ser a la sazón, uno de ellos. Aunque el hambre apretaba, y los mozos más jóvenes empujaban con toda su fortaleza natural, muchos candidatos, casi todos de la cincuentena en adelante, ya no se presentaban por no contar con fuerzas suficientes para tragarse la vergüenza de actuar en el circo, todo para que el gigante -impunemente y encantado de la vida- les rompiera la cara por las buenas, a cambio de que medio pueblo dudara de su aguante y hombría.
                      Todos los obreros de las fincas tenían jefas o capatazas de las que el viejo daba buena cuenta emulando a su padre, supongo que alguna aceptaría de buen grado, pero apuesto que la inmensa mayoría acataría las caricias del grandullón por miedo a recibir una paliza si se resistían a sus caprichos o a perder su trabajo, pues dicen que hubo hasta veintiséis hijos de las siete administradoras de las haciendas desperdigados a los dos lados de la frontera, a los que si añadimos los quince oficiales -el penúltimo mi padre-, la cuenta resultante asciende a cuarenta y un hijos. No cuantificaremos los que hubiera podido engendrar en tránsito y se perdieron por el camino ya que debió pasar gran parte de su vida cruzando los límites de ambos países trapicheando por pueblos y ciudades, y embaucando a la gente por aquí y por allá. Se calcula que el cuatro por ciento de la población y yo somos de la misma sangre.


La señora mayor es mi bisabuela materna Antonia1915


La tía Pilar 1910

                      Una espléndida mañana de junio con olor a romero, llegó el abuelo con cincuenta veranos a sus espaldas y toda la parsimonia de la que solía hacer gala a una de sus haciendas en compañía de su inseparable animal que venía rompiendo desde el amanecer el silencio que rodeaba la finca con su rebuzno pertinaz, únicamente ocupado por el zumbido de la insufrible cuadrilla de moscas o, debiéramos decir gran familia, que vivía generación tras generación a su alrededor. La pobre bestia estaba a punto de reventar por el peso del amo, que iba rozando el sendero con sus abarcas dejando una estela de polvo tras de sí, ora con el pie izquierdo, ora el derecho y llevaba un bulto sospechoso entre las piernas bajo los pantalones marrones de pana. Acompañaba a la comitiva un calor excesivo y temprano para estar a primeros de junio, que multiplicaba aparentemente el número de moscones en vuelo rasante, y que, al no entender de amenazas, se recreaban, por más que el hombre las espantase a base de juramentos y algún que otro manotazo sin mucho éxito.
                        La mayorala, recién levantada y en plena lozanía treintañera, lo vio sonriente, acercándose una vez más por el camino. Habían pasado ya diez años desde que consiguiera el trabajo, herencia de su padre, que a su vez había pasado más de veinte a las órdenes de la bestia. Se arregló un poco, se recogió el pelo altiva frente al espejo, regalo de la madre de su madre, y quedándose anclada ante la desdibujada imagen de su mirada triste reflejándose en el descascarillado cristal, se desinfló poco después desviando con no poco esfuerzo la vista petrificada, recordando cómo con dieciséis años el amo ya le metía mano por debajo de las sayas en cuanto su padre, el mayoral, se daba la vuelta para irse obediente a resolver alguna absurda gestión que le encomendaba su jefe. Quince años después de los primeros escarceos del gigante, de quien tenía una deuda de gratitud, seguía sintiéndose halagada por haber sido una de las elegidas del cacique, teniendo hacia él el mismo sentimiento de ambivalencia: por un lado toda su vida sexual se reducía a ese hombre, por otro era más humana la burra sobre la que venía montado que él mismo, que era una bestia. Pero ¿qué podía hacer? El mundo no estaba para bromas. Bastante alto había llegado, siendo la administradora de una de las fincas del animal. Tragando saliva con cierta dificultad, por el nudo de nervios que había venido a visitar su garganta como preámbulo de la cita, se perfumó con una mezcla hecha de agua de colonia traída del país vecino o tal vez de la capital, que él mismo le regalaba de vez en cuando, y de un sentimiento en parte miedo y también, por qué no decirlo, una cierta excitación, tan agradable como inesperada, que le quitaba las fuerzas, pero que emocionalmente equilibraba y suavizaba de alguna forma la balanza, atenuando la desazón que tenía por dentro; la última vez que apareció, el muy cafre le dislocó el hombro izquierdo, que aún le dolía. Suspiró absorbiendo todo el aire que había en la estancia y lo expulsó esperando un efecto sedante que alguna vez había funcionado, pero que ahora no conseguía, aunque todavía quedaban retazos de pasión por ese pedazo de hombre, mucho mayor que ella. Más tarde le preguntaría, en cuanto estuviera dentro de la casa, que qué tal iba la cosa y, casi sin dejarla contestar, o diciéndole las soeces atrocidades que acostumbraba a soltar por esa bocaza, según le diera, empezaría a sobarla con esas manos enormes y esa fogosidad que le caracterizaban, le levantaría las sayas y sin más demora, le dirigiría la erección que tenía hacía ya un rato directamente muslos arriba; luego la tiraría encima de una mesa o contra la pared y entre tanto, escucharía a la burra del amo que estaba celosa y no había quien la hiciera callar y quién sabe, igual le hacía otro pedazo de borrico, -hijo de sus entrañas y única posesión en el mundo-, junto al espejo de la abuela, apenas un viejo y turbio vidrio enmarcado, que acababa de cumplir un año y le había despertado la burra y estaban los dos llorando. Luego el amo gritaría atronador:
-¡Cállate burra! -Y el animal se callaría durante un minuto, porque el amo tenía mucho genio y ya se había llevado bastantes palos en esta vida, pero como quiera que el niño seguiría llorando pues nadie le hacía el menor caso, la acémila, por solidaridad con el crío y porque era una burra y ya se le había olvidado la última orden, seguiría rebuznando. ¡A ver! Así había sido en multitud de ocasiones y no existía motivo alguno para que se produjeran cambios. La vida era un interminable ciclo de ciclos.
                      El abuelo continuaría obstinadamente en sus trece un buen rato y de vez en cuando gritaría:
-¡Joder, que no veo! –debido probablemente a la propia excitación que le nublaba la vista, y exclamaría con la voz ronca del esfuerzo:
-¡Qué buena estás, zagala!
                     Una vez que las aguas hubieran vuelto a su cauce, y el abuelo tenía fama de aguantar lo inaguantable, habiendo dejado a la mujer al borde de la extenuación, el amo le pediría unos huevos fritos, pan y vino. ¡Pero qué mala bestia!
                     A pesar de todos los negocios que tenía el abuelo, terrenos, fincas y una carnicería en la que aprendería el oficio, mi padre el carnicero, aunque antes había hecho labores de panadero y lechero, acabó ingresando en el seminario, de donde salió al cabo de un tiempo casi hecho un cura, pues le interrumpió la vocación sacerdotal una aparición divina y virginal al final de la calle Mayor a la derecha, cerca de la panadería, un viernes de agosto a eso de las ocho de la tarde, en forma de rubia, ojos azules, tipazo y diecinueve años y conoció a mi santa madre, que acababa de llegar refugiada del país vecino (al fin y al cabo mi padre era hijo de mi abuelo y éste no era precisamente de piedra.


Mi abuela paterna Paulina 1910             La tía Pilar y el tío Pepe 1920


                       Pilar y Pepe en 1925

                    Así que tras un delicioso noviazgo con “carabinas” en todas partes y como mandaban las reglas en esa época y una vez casados con viaje de novios a la capital del reino con todos los racionamientos que proporcionaban diez años de posguerra, mi padre decidió que su advocación quedaría reducida a escuchar una misa diaria, a escribir poesías, a cantar en latín, entre otras: “Deus est nobis refúgium et robur; adiútorem in angústiis probávit se valde”. “Dios es nuestro amparo y fortaleza; harto se ha mostrado favorecedor en los peligros”, que era uno de sus salmos favoritos, por el pasillo de su casa, con escasos méritos y una más que precaria entonación, la verdad, aunque lo suplía con grandes dosis de fe; mientras que mi madre coreaba como los propios ángeles “Au prés de ma blonde, il fait beau, fait beau, fait beau”, marcando marcialmente el paso, sin duda recuerdo de su estancia como maestra en una escuela de párvulos del país vecino, o tal vez de su ingenua amistad con un capitán alemán de dudosa procedencia, lucía una esvástica en el uniforme, que la pretendía desde los quince años, o ambas cosas.



    Mi madre y la tía Pilar en Francia 1940


                Mis padres paseando 1946



    Viaje de novios 1946



                       Mi padre también se dedicaba a hacer lo de comulgar los nueve primeros viernes de mes para ganarse el Cielo, pero llevaba años encadenando viernes para ver si tenía más suerte y le tocaba el premio, de manera que en vez de nueve llevaba más de cien y que conste que era, como mi madre, de una devoción que escapaba a mi entendimiento, como un santo, no sé cuál de ellos pero un santo y acabó haciéndose funcionario de la administración, que debía ser lo más parecido a ser sacerdote, pero con derecho a casarse y tener hijos, dedicando el resto de su tiempo libre a leer sus libros predilectos de beatos, como El Año Cristiano o Ejercicios devotos para todos los domingos, días de Cuaresma y Fiestas Movibles, de la Compañía de Jesús, Santa Gema Galgani, Los Estigmatizados, y sus preferidos, el divertidísimo “Cómo alcanzar la Santidad en un periquete” editado por la Librería Católica Internacional y el fantástico “Manual de Piedad en veinte lecciones”, que subtitulaba –para católicos impacientes-, de la Biblioteca del Apostolado.


        Poesía manuscrita de mi padre 1975


Sin duda este gesto impagable debió hacerlo para expiar las barrabasadas del abuelo, que fue a dar con sus huesos en la cárcel, ni más ni menos que por falsificar monedas de plata, aprovechando el caos y los levantamientos populares producidos por los desastres carlistas.
                      Un día llamaron a la puerta de su casa dos tipos malcarados pero limpios, repeinados y bien trajeados, como si fueran de la capital, que se presentaron como comerciantes. Le propusieron un negocio que el abuelo rechazó de inmediato. Pero los hombres supieron cómo camelarlo y al tercer intento claudicó y no supo resistirse a ser el socio capitalista y tercer accionista de la empresa. Con el paso del tiempo el secretario del juzgado de instrucción número cinco escribía desde su viejo pupitre elevado en pedestal parsimoniosamente y con plumilla el dictado de su superior, sobrevolando al tiempo con la mente una enorme cazuela humeante cuyo contenido no podía ser otra cosa que un portentoso estofado de ternera aderezado con sus correspondientes patatas, zanahorias, champiñones y guisantes, todo convenientemente troceado, encebollado y bien rehogado en aceite de oliva y unas gotitas de coñac, adjuntando al conjunto con acuse de recibo unas hojitas de laurel, a fuego lento durante horas, que le esperaba en casa mientras sus sobreexcitadas glándulas segregaban saliva a borbotones ya antes del evento, imaginando el festín que se iba a dar y que había estado preparando para él la tarde anterior en la enorme cocina del caserón donde vivía con su sobrino, su criada, -auténtica experta de los fogones y amante intramuros del funcionario en la más absoluta clandestinidad de la alcoba, pensando el cándido secretario que nadie lo sospechaba cuando hasta en el pueblo de al lado murmuraban con razón que la criada del secretario se había liado con éste y con su sobrino, para quedarse con las posesiones de ambos. La casona la había heredado de un tío abuelo a quien casi no había conocido y de quien era su único sucesor. Los aromas imaginados del guiso colosal habían inundado y engañado ya sus viejas y obstruidas vías respiratorias, habiendo escogido el sibarita para entonces un vino añejo como él, que regaría copiosamente las viandas en aparente y solitaria compañía, -su sobrino estaba casi siempre de viaje- pero su cocinera y ama supervisaría el almuerzo con él, emborrachándose ya antes de tiempo sólo de olerlo en su fantasía, cuando a instancias del juez, el estofado se desintegró en el aire esfumándose con él toda la colección de olores y demás supuestas sensaciones etílicas y bienhechoras y el vetusto secretario empezó a escribir con grandes e inclinadísimas caligrafías, no sin antes tragar saliva y relamerse varias veces, paladeando las últimas reminiscencias del guiso que recién se había diluido, reponiéndose así del brusco cambio al que acababa de ser sometido:
                      “... proponiéndole negocio de moneda falsa que aceptó después de algunas reservas halagado por las lisonjeras esperanzas que le daban de obtener grandes ganancias, desarrollándose los hechos en la forma que el acusado tiene expuesto en su última declaración. Considerando lo anteriormente relacionado aparecen indicios suficientes y pruebas bastantes de criminalidad contra los tres acusados, en concepto de autores de delito previsto y castigado en el libro II, artículo IV, capítulo II del Código Penal, procediendo por tanto decretar el procesamiento y prisión provisional sin fianza, dadas las circunstancias de los hechos que se persiguen y que la pena correspondiente al mencionado delito pudiera ser superior a la prisión condicional...”.
                       Y había acabado en chirona. El tiempo se detenía. Las indagatorias duraban cuatro y cinco horas, pero al abuelo le parecían días. Ahí sentado en un banco de madera, a cierta distancia de todo el mundo, atado con cuerdas, pues los grilletes habituales no abarcaban sus enormes muñecas, e indefenso como un niño, -aunque más valía que no se acercara nadie por si acaso-, sin poder levantarse y aguantando todas esas miradas inquisitorias y vigilantes del juez, secretarios, fiscales, la guardia civil... como si fuera una anomalía de la naturaleza. ¿Qué culpa tenía él de ser tan grande? ¿Eh? Si hubiera llegado a conocer a su padre… seguro que era igual de bestia o más. La madre de sus hijos, -bueno de algunos de ellos-, y su criado también habían tenido que declarar y permanecían absortos y quietos como estatuas, convencidos de que la inmovilidad los eximiría de cualquier posible culpabilidad, entre otras cosas porque no habían tenido nada que ver en ese turbio asunto de la falsificación, que por otra parte el abuelo había mantenido en la más absoluta de las reservas.
                  “...Monedas grabadas que han sido halladas en casa del acusado y un hornillo que tenía escondido en el horno de pan de su propiedad como asimismo una máquina incompleta dentro de un pozo de agua de dos metros, más una chapa de hierro redonda para la acuñación de las monedas, de todo lo cual pongo acuse de recibo sin perjuicio de continuar las investigaciones.
                      Todavía le venían a la mente retazos de las declaraciones que confeccionaba el flemático secretario y que acababa firmando sin tregua ante el juez. Bien que lo habían jodido los de la capital. Y para colmo de males, el único encarcelado era él, los otros dos, el grabador y el de las “grandes ganancias” habían salido en desbandada y no habían podido capturarlos por más que la guardia los había buscado en todas partes, -a estas alturas estarían en Francia o incluso más allá-, por lo que todas las represalias iban destinadas al tonto más grande que jamás había pisado una cárcel. Tuvieron que encerrarle en una mazmorra sin barrotes -que doblaba con suma facilidad- y con los más peligrosos reos de la época. A él si que le habían falsificado la vida.
-“Ojo que no se me pongan delante esos sinvergüenzas, que como me los eche a la cara, los destrozo”-, se anunciaba amenazante a sí mismo, subiéndole el pulso sólo de pensarlo. A saber a quien más embaucaría después de haber vivido más de un siglo.
                      Mi abuela, toda vestida de negro porque siempre acababa de enterrar a algún familiar, -las epidemias de cólera y gripe estaban haciendo verdaderos estragos sobre todo en los niños-, y cosa rara, no andaba preñada, ya que el abuelo les había dado una descanso a ella y a las mayoralas (aunque seguía en contacto por vía telepática) se encaminó con sus hijos andando cerca de quinientos kilómetros hasta la Villa y Corte a pedirle clemencia a la reina que dirigía los destinos del país en ese momento como buenamente podía ya que al parecer no había elegido una buena época y el caso es que ésta (que por lo visto andaba algo liada con una guerra que había tenido un principio pero que no se veía el final por ninguna parte y le estaban creciendo los problemas a ojos vista a lo largo del territorio nacional, insurrecciones, guerras internas, conflictos regionales, municipales y para colmo de ultramar), al enterarse de que había un gigante que había hipnotizado a la mitad de los inquilinos del presidio, revolucionado a todas las caballerías de los alrededores, que se comía el rancho de los siete hombres que estaban en su celda de piedra en los sótanos de la cárcel que era el único sitio donde podían retenerle y los tenía a punto de morir de inanición y de miedo y que, todavía más, había ayudado a la explosión demográfica de la época preñando a todo lo que fuese susceptible de serlo, incluidas todas las burras, decidieron darle el indulto por si las moscas. Posteriormente la reina fue derrocada y exiliada a Francia.
                       Siento curiosidad por saber cómo sería su padre, el gigante, teniendo a semejante animal y si éste fue tan fornicador y tan malo. Al final resultará que la mitad de los españoles, algunos centenares de franceses y, tal vez, una decena de belgas son tíos, primos o sobrinos míos. Tampoco sabemos a ciencia cierta si realmente murió en Bélgica a los ciento ocho años, puesto que él mismo dejó escrito de su puño y letra que se encontraba bien de salud y que no pensaba volver a casa nunca jamás, o sea que bien pudo irse a hacer las Américas. A lo mejor abandonó esta prolífica existencia, no sin antes haber dejado preñadas a cuantas hembras se la enderezaran a su paso y engendrado unos cuantos americanos de dos metros. Nunca lo sabremos. De lo que sí tenemos constancia por algunos familiares es que era una pura bestia, que le debió romper la cara a más de cien hombres a lo largo de su vida y la garganta a más de uno, ya que tenía por costumbre coger por el cuello con una sola mano a los pocos que osaban desafiarle y elevarlos en el aire extendiendo su brazo, permaneciendo así algunos segundos de manera que algunos se desvanecían y caían al suelo sin haberlo rozado. Animal.

martes, 7 de octubre de 2014

CAPITULO SEGUNDO: MIS PADRES



                                
                                                          Mis padres 1945

Mi padre era, -por pura oposición al abuelo-, bajito, calvillo y gordezuelo, de ojos almendrados y saltones, mirada penetrante, voz profunda y segura de sí misma, aunque la empleaba poco pues era algo taciturno y reservado. Era de buen carácter, aunque algo ausente debido a su sordera del oído izquierdo, inteligente, teólogo, gran conocedor del latín, además del inglés y el francés; amante del café con hielo y de la carne de membrillo con pan en las calurosas e interminables tardes estivales, devoto de misa diaria y rosario, de vestir impecable, funcionario de la administración, metódico y disciplinado. En verano, dándose una licencia, se dejaba crecer el bigote. Mi madre era el complemento, totalmente opuesta a mi padre, siempre dispuesta, de buen humor, cantante consumada, sociable, chistosilla, gran tertuliana y de profesión madre empedernida de cinco hijos.
Un mediodía del mes de junio y a finales de los cincuenta, vine yo al mundo, -recibiendo una orden de desalojo en forma de cólicos viscerales de toda índole por parte de mi madre, que parecía no tener nada mejor que hacer aparte de parirme a mí-, para mi propia gloria, en la cama de mis padres, en la misma casa y en el mismo pueblo donde había nacido mi padre y todos mis hermanos. Consciente ya de mí mismo a partir de ese instante, me abrí paso como pude, hasta que di con las temblorosas manos del médico del pueblo, ensordeciéndome la bulla de la calle, cegándome las luces del balcón que de par en par, dejaba entrar el jolgorio callejero propio de una gran fiesta y rodeado de una especie de velo blanco de grasa. Me envolvieron en una toalla y dejaron que mi cuerpecito absorbiera todas las sustancias nutritivas con las que había salido, porque no estaba yo muy seguro de lo que me iba a encontrar ahí fuera y parece ser que tampoco mi progenitora que fue la me proporcionó el velo en cuestión. Mientras, la matrona, una señora mayor amiga de la familia, plañidera en momentos perentorios y alcahueta en sus ratos libres, regordeta, bruja y sentenciera, (cuántas veces con una simple imposición de manos aliviaría en el futuro mis pesadas digestiones) le decía muy seria a mi madre que estaba la pobre exhausta y al médico de la familia, que andaba bastante bebido, pues había ido a nacer precisamente el día de la fiesta mayor del pueblo: “este niño tendrá un don, ha nacido con velo”. Así que mientras sonaba la música en la calle y en vista de que desde el primer momento de mi vida en la tierra me habían considerado como alguien especial, pues parecía haber sido tocado, o al menos rozado, por la mano de Dios, me dediqué a cultivar esa “especialidad” y me sentía portador de ciertos e inmensos poderes y de un velo de grasa. Más tarde tendría que descubrir qué era un don, y para qué servía y qué poderes me otorgaba concretamente. De momento no era un niño más, sino “el niño del velo” ¿De qué don se trataría? ¿De la ubicuidad? ¿Sería don de gentes? ¿Tal vez Don Juan? ¿O sería el don de estar continuamente haciéndome preguntas que nadie contestaba? ¿Iría a convertirme en presidente de la nación? ¿Tal vez un famosísimo músico? ¿O un dramaturgo? ¿Cuál era mi destino?
Yo tenía una cuna grande de madera repintada en azul claro, con cierta raigambre al punto de que crujía al más leve soplo de la imaginaria brisa marina que me mecía habitualmente por estribor. Había pertenecido antes a mis tres hermanos mayores y aún pasaría a ocuparla mi hermana años después, pero se mantenía firme como un buen barco ante el paso irrevocable del tiempo; ahí estaba y había estado durante años altanera, espléndida y amarrada como un yate de lujo en el puerto, al lado de la cama de mis padres, con la proa enfilando desafiante al Sagrado Corazón de la pared, que debía ser un punto caliente en casa ya que pasara quien pasase por delante era de obligado cumplimiento hacer la señal de la santa cruz y la popa bajo la protección de Nuestro Señor, (quien por cierto debía de tener el don de la ubicuidad porque creo yo que eran la misma persona dado el indudable parecido con el que estaba sentado en aquél trono bajo palio asomando el corazón por el pecho y con la mano derecha extendida, como si estuviera llamando a algún camarero), que seguía crucificado encima de mi cabeza y que si algún día se le ocurría desclavarse y se caía podía ocurrir una desgracia, dadas sus grandes dimensiones. Allí fue donde comencé a dar charlas y a compartir tertulias y conferencias conmigo mismo, sobre todo de carácter artístico, aunque también las había gastronómicas y filosóficas.


                                        Mis padres 1942

    
     Mi hermana en la cuna familiar


    El Sagrado Corazón

Pronto tuve ocasión de conversar con dos compañeros inseparables y tertulianos de excepción que no faltaban nunca a su cita. Uno era mi madre, presidenta de honor, que en momentos de zozobra, extendía su mano entre los barrotes de la cuna meciéndome a babor y a estribor, algunas veces con cierta intensidad mientras yo en el castillo de popa, me agarraba a la barandilla de la cuna. A punto estuve en alguna ocasión de caer por la borda a un mar infestado de animales horrendos en mitad de una conferencia. En un principio creí que era realmente el mar embravecido quien movía la cuna, pero no, era mi adorada madre. También me tranquilizaba si me hacía un lío al hablar o ante las tormentas acústicas en forma de ronquidos paternales y las pesadillas infantiles, que de todo había. El otro oyente era un famoso futbolista, no recuerdo su nombre, obviamente no era el de verdad, probablemente no habría cabido en la cuna, pero sí una fantástica imitación de trapo. Era un bombón, no molestaba, no se iba a hacer pis en mitad de una conferencia dejándome con la palabra en la boca y además no había que pagarle emolumento alguno, que no estaba el horno para bollos. Lo perdí en una acequia que fluía cerca de mi casa, donde al parecer se ahogó.
De vez en cuando, daba alguna fiestecilla que otra, invitando a la cuna a mis hermanos si se habían portado bien o simplemente si había algo que celebrar, era como si dijéramos mi pisito de soltero, vivía a caballo entre la cuna y la mesa del comedor. Pronto la cuna, ante el éxito conseguido con las tertulias, fue quedándose pequeña y me trasladé a la residencia de verano que tenían mis hermanos en el tercer piso del armario ropero, amplio, con cierto aire morisco decorado a base de alfombras y cojines, una despensa y sitio de sobra para que estuviéramos los tres oyendo la radio que era nuestra pasión, aunque seguíamos teniendo problemas de ventilación cuando alguien cerraba las puertas del armario y otro de acceso, pues estaba casi a dos metros de altura y no había escaleras o ascensor alguno, por lo que yo pasaba horas y horas hasta que alguien se apiadaba de mí y me ayudaba a bajar. Allí mi hermano escribía o nos leía obras de teatro que luego representaba con muñecos, ayudándose de una gran maleta vieja de cuero marrón que había sido recortada y que ejercía de escenario, decorado y lo que hiciera falta.
Había un juego con el que mis hermanos y yo disfrutábamos sobremanera. Era sencillo pero gratificante, dado el poder que se nos otorgaba; consistía en subirse a la mesa del comedor y tumbarse en ella asomando únicamente la cabeza y las manos en dirección al suelo, que hacía las veces de la tierra. Entonces nos convertíamos directa y eventualmente en Dios, imaginando que veíamos desde las alturas al resto de los mortales y decidíamos en ese instante su futuro. Ése, -decíamos señalándolo, -al Infierno, ése al Cielo. ¡Qué tontería! Pero yo con tres o cuatro años comenzaba a hacerme ya una serie de preguntas, ¿Qué era el Cielo y el Infierno? ¿Dónde estaban? ¿Qué esperaba yo de la vida? ¿Qué esperaba el mundo de mí? ¿Quiénes eran mis padres? ¿Eran de buena familia? ¿Por qué mis padres eran mis padres y no otros padres? ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Había pasado ya previamente como comentaban algunos por el Cielo antes de nacer? ¿Y cuando me muriera y después volviera a nacer, mis padres serían los de esta vida o serían otros padres? ¿Y yo? ¿Sería el mismo o sería otro? ¿Y si era otro, sería consciente de ello? ¿Y por qué tenía que morirme y nacer otra vez? ¿No sería más fácil vivir quince mil años de un tirón? La vida estaba llena de preguntas sin sus correspondientes respuestas, tendría que hacer algo
                                                             
                                                                                  
Mi madre dibujada a lápiz por su hermano, mi tío Manolo.

                                           
                                                           La mesa del comedor

Mi madre en el río 1964

Un día mi padre nos llevó a todos al río a bañarnos. Atravesamos el parque acabándose ya la civilización al final de éste, nos asomamos al mirador viendo en lontananza el lugar al que nos dirigíamos, y fuimos franqueando huertas hasta que llegamos a los pies de un gran puente de piedra. El río bajaba furo e incansable.


Mi madre y yo en el río 1964


                    A hombros de mi padre 1964

Mi madre lucía un bañador negro con ribetes blancos y mi padre también de negro, a lo mejor estaban de luto, o era la moda, o tal vez había alguna Ley Orgánica detrás de aquello, no lo sé, el caso es que mientras mis tres hermanos se quedaban en la ribera cazando mariposas y mirando libélulas y no se atrevían a meterse en el agua porque había mucha corriente, yo me pasaba el día simplemente existiendo y observando el mundo y sus esplendores, que ya era suficiente. Entonces mi padre se perdió como un valiente, al principio entre las badinas que había justo bajo los ojos del puente para pasar después a un segundo nivel sumergiéndose en las profundidades acuáticas del río y al cabo de un tiempo sorprendentemente largo, emergió con un bulto por delante del bañador, a la altura de las vergüenzas. 
-Habrá visto una sirena, –pensaba mi madre en voz alta, entre ingenua y dubitativa, arreglándose el pelo y esperando que los rayos del sol hubieran hecho ya su efecto bronceador, en diez tristes minutos en su blanquísima piel. Por el contrario, el efecto conseguido era un grave enrojecimiento de la piel.
Al poco, el bulto empezó a moverse de forma rítmica mientras mi padre permanecía en el agua sonriendo satisfactoriamente. Yo, si he de ser sincero, con tres o cuatro años que tenía, no entendía mucho de bultos en la entrepierna, ni mucho menos de erecciones acuíferas, pero mi madre parecía tener algunas nociones. Y cuando ya estaban escandalizados unos y partidos de risa otros, mi padre introdujo su mano derecha dentro del bañador y no sin algún esfuerzo, nos miró a todos henchido y risueño, él y el bañador, sacó una trucha del cuarenta y otra del treinta y cinco, las enseñó a la concurrencia y las lanzó al aire en dirección a mi hermano mayor que esperaba atento el paquete que llegaba por el aire cual pez volador, a la vez que gritaba ¡trucha! desde las frías aguas del río, cogiéndolas mi hermano y colocándolas en una cesta que mi padre había traído al efecto y se acabaron los bultos del bañador, bueno sólo quedó uno pero ese por lo visto era de la propia naturaleza del cuerpo humano. Y volvió a desaparecer bajo las aguas. Así me enteré yo de por qué en mi casa se comía pescado cada dos por tres. Al año siguiente mi padre empezó a contestarnos ¿eh? cada vez que le hablábamos a babor y sus respuestas a nuestras preguntas eran cada vez más incoherentes, así que tras un breve cónclave familiar, decidimos que se había quedado más sordo que un tablón del oído izquierdo, pretendiendo disimular su sordera, de tanto sumergirse en el río a cazar truchas y digo cazar y no pescar porque mi padre no necesitaba de ningún artilugio de pesca, ya que cogía las truchas con las manos, como los osos pardos, a lo mejor había algún gen de plantígrado en el adn familiar; o lo había hecho a propósito para no volverse loco con nuestros gritos y conservar algo de su solitaria intimidad y de su habitual estado de recogimiento espiritual. Me inclino por lo último.
1956 Mi madre con mi abuela

Con el paso de los años, el oído derecho, sintiéndose agraviado y envidioso del izquierdo que ya era pensionista y después de verse obligado a hacer sus labores y las del otro, que era un vago, decidió unilateralmente que a partir de ya, oiría, pero sólo un poco. Y de esta manera si mi padre ya era de por sí un poco beato y taciturno, se encerró todavía más en sí mismo y se dedicó a preparar mejunjes y pociones malolientes y a alternar la lectura de libros de santos con manuales y compendios de alquimia, o de ésos de “ayúdate a ti mismo que buena falta te hace, en quince lecciones”, para procurar el renacimiento del pelo de la cabeza que había perdido con escasos dieciocho años.
Solía hacerse unos emplastes mezclando aceite de oliva, limón, cebolla, y no sabemos si era perejil, o tal vez alguna potente droga, el caso es que como empezaba a prepararlo en la cocina, pero luego se encerraba en el cuarto de baño, deducimos que no se trataba de salsa ni ensalada alguna y que no se le había disparado de repente el ansia culinaria, que nunca había tenido y para eso estaba su santa esposa. Una vez preparada la pasta, y no sabemos, aunque siempre lo sospechamos, tras algunas danzas rituales y rogativas correspondientes, se la plantaba en la cabeza dejándola actuar una hora. Después se la despegaba no sin grandes esfuerzos y viendo que se había provocado graves quemaduras y dando gracias a Dios, eso sí, en latín, se daba de plazo dos o tres semanas para que le volviera a crecer el pelo, que nunca asomó ni por compasión. Sin embargo mi padre siempre creyó que había cosas sobrenaturales en el mundo.

Mis padres a la izquierda en una boda 1956

No es que mi madre no tuviera fe en los mejunjes de mi padre, bueno no tanta como él, es que tenía las tres virtudes teologales y una más, la paciencia. Recogía todos los tarros del lavabo en los que mi padre había preparado las pócimas y, compasivamente, cantaba alguna zarzuela que le viniera a la cabeza en ese momento mientras limpiaba con firmeza mirándose en el espejo del baño.
¿Y por qué yo había decidido vivir exactamente debajo de la mesa? ¿Yo también era poseedor de algún poder? ¿Habría heredado algo de mi padre además de sus ojos saltones y su tendencia a la obesidad sin remedio? Nunca entendí como mi padre era capaz de hacer de leer tanto, de saber un montón de idiomas y sin embargo no podía lograr que le creciera el pelo o que curase su sordera. Tal vez si hubiera explotado su extraordinaria fuerza de voluntad en algún espectáculo de variedades, habríamos nadado en la abundancia, entrando en casa el dinero a raudales sin saber muy bien en qué gastarlo.
Aunque conociéndolos a los dos, probablemente habríamos acabado hundidos en la miseria después de perderlo todo haciendo obras de caridad, resolviendo deudas familiares y vecinales, y donando lo poco que quedaba ya, a la parroquia y al ejército de salvación. Pero no, mi padre era hombre de soledades, amaba el silencio, la quietud y la tranquilidad y supongo que el mundo de la farándula le hubiera resultado nocivo, además de incompatible con sus obligaciones funcionariales, así que seguimos siendo una familia devota y de gran linaje (mi abuelo era grandísimo) aunque de escasos recursos materiales. O a lo mejor todo lo sobrenatural era producto de mi imaginación que falta de estímulos exteriores inventaba de manera totalmente autónoma secuencias paradójicas en mi vida sin poder hacer yo nada en mi propio escenario.
Mi madre se sentaba a menudo en la terraza para hacer calceta; hacía un jersey para alguno de sus múltiples vástagos, una bufanda, un gorrito para alguna muñeca de mi hermanita, o tal vez un tapete para una mesa que permanecía inerte y desnuda en mitad del recibidor pidiendo a gritos que alguien la adecentara; y, de pronto, se ponía a hablar sola. Al principio pensamos que conversaba consigo misma, al fin y al cabo yo también me daba conferencias a falta de contertulios, cuando perdí a mi más fiel compañero, el futbolista, pero pronto descubrimos que mi madre poseía un potente don telepático y que simplemente estaba hablando con su hermana que vivía a trescientos cincuenta kilómetros de distancia en conferencia interprovincial y sin teléfono alguno, o al menos eso parecía porque nosotros nunca oímos a nuestra tía. Yo empecé a pensar que había algo en nuestra vida que se estaba desmadrando y que no era normal que ocurriesen esas cosas en una casa de gente de bien y que estaban empezando a moverse algunas leyes universales que se suponían inamovibles. Y me asaltaban un sinfín de preguntas. ¿Ocurría lo mismo en las casas de mis compañeros de clase? ¿Y en el colegio? ¿También los curas hacían cosas sobrenaturales? ¿O sería todo mentira y sufríamos mis hermanos y yo alucinaciones colectivas? Por otra parte mi casa era como una escuela de idiomas, mientras mi padre nos reprendía en latín, mi madre nos defendía en francés, casi siempre sin razón, pero la mujer se ponía de nuestro lado, el castellano lo dejaba para cantar zarzuelas y para hablar con las vecinas; venía la familia de fuera y hablaban todos en catalán, coreábamos las canciones de moda en inglés, sin saber lo que decíamos; y yo, mientras, aprendía, como buenamente me daba Dios a entender, en aquella torre de Babel, hablaba un poquito de todo y cuando aprendí a leer empecé a devorar todo lo que caía en mis manos.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

CAPITULO TERCERO: GENTE A MI ALREDEDOR





 
                         Mis abuelos maternos 1925


                       Mi padre heredó, parece ser, la parte espiritual del abuelo, si es que había algo inmaterial en ese bestia, de manera que físicamente no había el menor parecido, eso sí, mantenía la visión letal y una particular clarividencia que le permitía, cuando hacíamos alguna trastada, -cosa que ocurría a diario con cinco críos-, enterarse al mismo tiempo que nosotros, incluso antes de hacerla, aunque estuviera trabajando a varios kilómetros. Cuando llegaba a casa, nos castigaba directamente con la mirada, sin darnos ni el beneficio de la duda, tal era su certeza de nuestras fechorías. Menos mal que nuestra embajadora favorita intercedía e interfería las potentes ondas mentales que salían de los ojos de su consorte, atenuando una energía que, desatada, se hubiera convertido en un grave problema -sobre todo para los que estábamos cerca-, ofreciéndole nada más entrar por la puerta un café con hielo y un plato de membrillo con pan que tanto le agradaban, de forma que el castigo llegaba a nosotros -ya debilitado- en forma de aviso legal.
                       Por aquélla época, hasta los cinco años, mi vida se desarrollaba bajo la mesa del comedor. Era exactamente el lugar que ocupaba yo en el universo y desde donde extendía mis tentáculos sensitivos en busca de estímulos; el resto del tiempo lo dedicaba, -supongo- a vegetar, ya que en aquella época no era muy consciente del paso del mismo. En cualquier momento sabía dónde estaba mi eficiente madre, secretaria y cónsul ante el resto del mundo. Pasaba las horas cantando, amenizándose con zarzuelas ella misma y a todo aquél que estuviera dentro de su radio de acción; además las letras de las canciones eran de lo más variado: un día eran dos enamorados que se querían lo indecible, tanto que resultaban empalagosos, otra copla describía a unos valientes soldados que se iban a la guerra, no quedaba muy claro en la letra de la canción si iban voluntariamente o es que “no les quedaba más remedio” y habían sido obligados bajo pena de prisión durante años, en otra ocasión, una madre lamentaba la muerte de su hijo crucificado, -pobre-. Había otro que estaba de lo más orgulloso por trabajar en una mina a varios metros bajo tierra, ¡hay que ver! En fin, yo calculaba la distancia y la reverberación de su voz localizándola dentro de casa, para mi propia tranquilidad, sabedor de que al menos uno de mis sentidos estaba en contacto con ella, aunque si he de ser sincero, aún en la otra punta de la vivienda no dejaba de olerla, tal era mi capacidad olfativa a tan temprana edad.
                En mi domicilio se recibían visitas continuamente. Era como si perteneciéramos a la realeza y estuviésemos en permanente audiencia, recibiendo a nuestros súbditos que venían a rendirnos pleitesía, sin pausa alguna y sobre todo los fines de semana, acumulándose en ocasiones más de dos o tres visitas de distintas procedencias a la vez, porque avisar no avisaban, -además en aquellos tiempos no todo el mundo disfrutaba de los beneficios de la red telefónica-, siendo atendidas siempre en el comedor, la habitación más grande de la casa, salón regio y palaciego bañado en oropeles en cuanto a decoración se refería, que mi padre había llenado de mobiliario de época para ostentar algo que no era, cual magnate de las finanzas o archiduque de turno.
               Colgada del techo y justo en el centro, una arácnida lámpara de bronce desplegaba amenazante sus ocho patas de setenta y cinco centímetros de largo, de las que pendían un montón de prismas tallados en forma de lágrimas o gotas de purísimo cristal de roca que reproducían cientos de veces el arco iris procedente del reflejo de otras ocho bombillas engarzadas y aparentemente semiocultas en otros tantos ramales y que más valía que no se soltara porque debía de pesar cincuenta kilos, que hacían juego con sendos candelabros colocados sobre un trinchante al lado de un espejo que ocupaba toda la pared duplicando el tamaño de la estancia. El centro de la lámpara era una punta de bronce afilada como una lanza que de haberse soltado, hubiera caído en el centro de la mesa ovalada de tres metros de largo con dos patas que se subdividían en ocho, contando en total con dieciséis apoyos, que soportaba un cristal de casi un centímetro de grosor que ocupaba todo el tablero. Cuando la mesa se encontraba rodeada de gente, casi todas las dominicales tardes y todos los tertulianos habían encontrado ya a alguien que les escuchara o eran ellos mismos las víctimas de sus interlocutores, daba en imaginarme que la araña gigante y cristalina despertaba de su octópodo letargo, se desperezaba moviéndose todas sus lágrimas y brillando el arco iris en decenas de puntos en el espacio al mismo tiempo, estiraba sus largas patas alternativamente y de repente se desplomaba con un estruendo de cristales acompañado de gritos de pánico clavándose la punta de lanza en mitad del cristal de la mesa, haciéndose éste añicos, rompiendo vasos y platos y produciendo miles de pequeños proyectiles astillados y cortantes que se incrustaban en las caras, los ojos, los pechos, las manos, los brazos y las piernas de los presentes, gritando los afortunados que todavía tenían fuerzas para hacerlo, provocando innumerables heridas con sus correspondientes hemorragias, empapando las servilletas y los manteles que solía colocar mi madre, blancos y ribeteados a ganchillo, que confeccionaba en un acto de fe y perseverancia, de un alarmante y espeso líquido rojo oscuro que lo impregnaba todo enrareciéndose el aire de un olor como de hierro oxidado, el de la sangre caliente; algunos saltaban hacia atrás gritando, otros se levantaban de las sillas histéricos, otro caía al suelo desmayado y pálido con una astilla de cristal del tamaño de una mano adulta atravesándole el cuello… había tanto olor a sangre que me costaba respirar. Yo me quedaba absolutamente inmóvil, naturalmente no había recibido ningún vidrioso proyectil, ¡faltaría más! No era más que un observador. Eso sí, estaba salpicado de rojo. La sangre ajena resbalaba desde mis pantalones cortos piernas abajo. Y con un simple parpadeo, ¡hala! desaparecía la sanguinolenta y caótica imagen y todo volvía a estar en su sitio incluso la araña luminosa, que de vez en cuando me hacía un guiño de arco iris al moverse una de sus lágrimas de cristal. Y gracias a Dios, empezaba a desaparecer el nudo en la garganta que me atenazaba.
                        A veces mis ensoñaciones iban tan lejos que me afectaban físicamente. Me resultaba divertido trastocar por un momento una situación de la tediosa e incolora vida diaria, o de “a ver qué pintaba yo rodeado de veinte personas adultas hablando todas a la vez”, en otro ámbito, en condiciones extremas o absolutamente inesperadas, provocando en mi mente explosiones, o incendios o incluso –y era una de las que más me agradaban- inundaciones, de pronto toda la casa se llenaba de agua helada hasta casi tocar el techo e imaginaba cómo se las ingeniaría mi familia y los visitantes para salir de tan acuoso escenario y encima se estaba haciendo de noche y estaban todos a oscuras…
                        Siguiendo el protocolo habitual, yo daba dos besos a todas y cada una de las personas que desfilaban por mi casa, aprovechando el contacto para empaparme de su olor personal catalogándolo, de manera que la próxima vez que vinieran lo reconocería anunciando la visita antes de que llamaran a la puerta, ya que mi olfato me permitía predecir su identidad mientras subían por el ascensor. Sobrellevaba impávido las caricias, por la educación recibida ya que en ocasiones más que caricias eran palizas o agresiones, como el típico pellizco en el moflete y demás palabrerías aplicadas hacia los niños más pequeños de la reunión, a los que se les repudiaba –y me incluyo el primero en la lista- inmediatamente cayendo en el olvido y la invisibilidad en cuanto surgía otro visitante aún más joven-. Una vez concluidas las salutaciones volvía a mis dependencias debajo de la mesa.
                       Había dos hermanas solteronas y viejecitas, a las que apreciaba mucho, -no sé si eran realmente de la familia o las habíamos adoptado-, que generaban en mí un nuevo sentimiento que debería concretar y clasificar: miedo y lástima al mismo tiempo mezclado con amor y respeto. Si hubiera de describirlas diría que tenían al aspecto de dos brujitas disfrazadas de señoras “bien”. Como dos gotitas de agua, -era complicado reconocerlas por separado-, casi siempre vestidas de blanco o crema, cosa poco frecuente en aquellos tiempos en que las señoras mayores o iban de luto o al menos de oscuro. Lucían las dos el mismo peinado con el pelo largo, ralo, estrafalariamente teñido de un rojo seco, como oxidado, y suelto en melena a pesar de su edad, tan delgaditas que sus rostros delineaban perfectamente la forma del cráneo, los arcos de las cejas, los pómulos y la endeble y diminuta mandíbula inferior bajo su piel frágil, semitransparente y suave como la de un bebé. Su estatura, -no debían medir más de metro y medio-, les confería la apariencia de dos niñas viejecitas, con unas manitas como patitas de pollo, todo huesitos, que desenfundaban de unos guantes diminutos de piel extraordinariamente fina para acariciarme la cara nada más entrar en casa. Una de ellas, creo que era la mayor, y parecía ser la más sufrida por la vida, en cuanto me veía, me soltaba una lección magistral en forma imperativa, sujetándome la barbilla para que le prestara toda la atención, asomando sus ojos de color azul océano revuelto en día tempestuoso, rodeado de venitas rojas por encima de sus eternas gafas de sol, -siempre grave y severa:
-¡Nunca te dejes crecer la barba! ¡Los hombres con barba son malos! –sentenciaba sin dejar de mirarme, pero buscando la aseveración de su hermana con el rabillo del ojo,-que permanecía acurrucada dentro de su sombra- y que afirmaba con la cabeza proporcionando la rotundidad que ésta le demandaba. Y volvía rápidamente a incrustarse las gafas delante de los ojos como si le doliera la mirada o ésta fuera algo que pudiera agotarse y estuviera ya en las últimas reservas, recogiendo el minúsculo y puntiagudo dedo índice con una uña larga y ovalada pintada de rojo sangre hacía varios días que andaba ya algo descascarillada y que había extendido hacia mí, sirviéndose del gesto para enfatizar la “orden” y asegurarse de que la cumpliría en cuanto tuviera la necesidad de rasurarme. Aparentaban vivir las dos de las rentas, sin ser adineradas, pretendiendo proyectar esa imagen -sombreros, guantes, collares, bolsos y zapatos impecables-, pero a la vez disimulando una sospechosa austeridad. Sin embargo, yo las adoraba, -no sé por qué-, a lo mejor era que siempre sonreían ante la vida, con sus dientecitos diminutos y desiguales de ratita, alternando con los huequitos de otros que habían ido perdiendo con el transcurrir del tiempo y que ya no habían sido repuestos, probablemente por falta de recursos financieros. Sus labios descoloridos y regularmente mal maquillados, incrustándose el tinte rojo en todas las pequeñas arrugas que rodeaban su boca, y todo su aspecto en general les procuraban un aire tan desvalido, que me daban ganas de decirle a mis padres que las adoptaran de inmediato y las trajeran a vivir a casa, donde sin duda, -mi sentimiento hacia ellas era compartido por el resto de mi familia-, entre todos las cuidaríamos, porque ellas eran incapaces por sí mismas de afrontar al parecer la vida diaria, entre otras cosas porque tenían ya más de ochenta años. En cuanto las veía entrar por la puerta mi madre les preparaba un buen tazón de café con leche o cacao y una generosa ración de galletas y no se levantaba nadie de la mesa hasta que se lo tomaban, tal era su preocupación, -¡a saber si habrán comido hoy!-, decía cuando ya se habían marchado, y que conste que lo hacían de buen grado, -para mí que debían ser un poco desmemoriadas y había días que no almorzaban simplemente porque se les olvidaba que hacia el mediodía, los seres humanos habitualmente reponían energías tomando algún alimento, al menos los que tenían qué llevarse a la boca. Eran tan educadas, comedidas, amables y tan pequeñitas... Apuesto a que si hubieran estado en la cubierta de un barco en alta mar y éste se hubiera hundido de repente en plena tempestad, se habrían ahogado con la sonrisa en los labios, soportando la galerna hasta el momento en que hubieran entrado en las frías aguas producidas por los remolinos en el hundimiento, tal era su conformidad con la existencia que les había tocado vivir. Pero al menos se tenían la una a la otra. En alguna ocasión compartían medias de diferentes tonos, sin saber cuál de las dos se habría equivocado primero al ponérselas, o alguna chaqueta puesta del revés. Adorables.
                       Y entonces –pobrecitas-, me acordaba del retrato de su padre colgado en la pared del recibidor de su casa; nada más abrir la puerta ahí estaba, el “guardián de las tinieblas” con su inquisidor gesto de patriarca invariablemente malhumorado: ¿Qué mal podían hacer dos hijitas tan buenas como ellas? ¿No habían pagado ya suficiente quedándose huérfanas de madre con siete años? ¿Qué horrible desliz había acontecido en la familia? ¿Por qué no las había dejado en su juventud ir a ningún sitio ni conocer a ningún hombre? Se trataba de un óleo marchito -ya de por sí oscuro-, de un señor vestido de negro haciendo juego con una barba más negra si cabe, larga como la noche y pintado con tal realismo, -a saber si el artista habría sido amenazado por el retratado obligándole éste a imprimir toda la veracidad posible en el óleo, para que su autoritarismo perdurase aunque él mismo no estuviera presente-. Su mirada fija y severa paralizaba a cualquiera que se le ocurriese observar el lienzo, haciendo que me sintiera culpable automáticamente sin saber de qué ni por qué, sólo de mirarlo (Cada vez que iba a su casa y veía el retrato de tamaño natural, me veía obligado a hacer recuento mental de las fechorías cometidas los últimos dos meses, y solventarlas por si había dejado algún cabo suelto o prueba del delito para poder dormir tranquilo pensando que en cualquier momento el padre de mis tías salía del cuadro y la emprendía conmigo). Un puño grande y masculino sujetaba un grueso bastón ocultando parte de una empuñadura dorada en forma de cabeza de animal que se auguraba de lo más peligroso. Cuando yo fuera mayor, me dejaría crecer esa barba, sí señor. Con ese aspecto sería capaz de hacer cualquier cosa.
                        Algunas veces los visitantes éramos nosotros y aunque en la calle luciera el sol del mediodía, la vivienda de las dos hermanitas permanecía siempre cerrada a cal y canto. Unas gruesas cortinas cubrían los amplios balcones que daban al paseo –el más señorial de la ciudad-, de forma que salvo un agujero, -probablemente trabajo de polillas, por el que pasaba un rayo diminuto de luz solar que cruzaba el salón y que permitía ver y nos advertía al tiempo de las partículas de polvo y pelos de gato en suspensión que estábamos respirando-, el resto era penumbra. La casa era vetusta y destartalada puertas adentro, había que subir unas escaleras oscuras y húmedas que daban a un descansillo con unas estatuas de piedra que recordaban irremediablemente a un mausoleo. Al atravesar la puerta de entrada, y después de encomendarme al Santísimo y apretar la mano de mi madre a la vista del mencionado retrato, me trasladaba directamente al siglo XIX. El mobiliario, -unos cien años antes había sido de lujo-, ahora estaba bañado con una especie de barniz oscuro, todo en el mismo tono; una generosa capa de polvo, fruto del paso del tiempo y la escasa limpieza remataban la atmósfera rancia mezclándose con el olor a cerrado. De vez en cuando algún mueble llamaba la atención sin mucho éxito suplicando en forma de crujido, para que algún ser humano se acercara y le transmitiera un poco de vida o que, al menos, lo cambiaran de sitio, rompiendo un silencio tan escalofriante, que yo creo que hasta bajaba la temperatura, helándose todos los rincones de la casa. No podía imaginarme a mis tías sentadas en esos sillones, en los que sin duda hubieran desaparecido tras algún cojín dado su sucinto tamaño. Las habitaciones eran tan espaciosas y de techos tan altos que, aun llenas de muebles, se mostraban casi vacías. Era uno de esos pisos antiguos con interminables, lúgubres y húmedos pasillos donde jamás entra el sol. Acompañaban a las hermanas cinco o seis gatos tan arguellados como sus dueñas, el número era variable porque entraban y salían por alguna gatera habilitada, pero siempre había un mínimo de tres o cuatro que merodeaban por los pasillos en un mutismo estremecedor, saltando por los muebles, como si fueran espectros en otro plano de la existencia, haciendo el ambiente más irrespirable cuando estaban en celo, de manera que, en conjunto, parecían los verdaderos residentes. Nadie hubiera apostado por pensar que ahí vivían seres humanos. No abrían nunca las ventanas, según ellas era la luz que les molestaba, de hecho iban siempre pertrechadas de gafas oscuras, parecían dos artistas de los tiempos del cine mudo en el más absoluto incógnito. Nunca vi una puerta abierta y de hecho la casa estaba llena de ellas, pero siempre que intenté aventurarme para satisfacer mi curiosidad me encontré con la cerradura echada. Sólo conocí el recibidor, el salón y la cocina, lugar donde regularmente éramos agasajados y que parecía usarse más bien poco. Era evidente que las dos se habían quedado solteritas a la sombra de la barba de su padre que permaneció tristemente viudo desde muy joven quedando al cuidado de las niñas. Las dos hermanitas habían ido creciendo convirtiéndose los años en lustros y éstos en decenas, acumulándose con el resultado de que ahora eran octogenarias y aún seguían hablando de “papá que en paz descanse” como si el hombre las pudiera oír después de años bajo tierra. ¿O tal vez sí?
                       Un día apareció por casa un señor mayor vestido de negro, con cara de vietnamita, el pelo negro teñido con entradas, peinado hacia atrás con gomina, gafas graduadas de montura negra, ojos achinados y un maletín, ambos negros, que desplegó encima de la mesa del comedor de par en par, enseñándonos, ¡Dios Santo!, la mayor colección de tijeras, navajas y peines que había visto en todos los días de mi corta, pero fructífera existencia.
-Señora, -dijo severo, dirigiéndose a mi madre cual cirujano a punto de intervenir. Y escupiendo saliva al hablar, que se le escapaba del hueco de un diente, continuó:
-Necesito luz, mucha luz. 
-¿Quién es, y qué pensará hacer este insensato? –me preguntaba yo.
                       Mi madre obediente, le acercó una lámpara de pie y la encendió sin moverse del sitio; yo estaba pensando ya en llamar a la autoridad judicial para que se llevaran a la trena a ese peligroso asesino que había entrado en casa, no sabía por qué, cargado de tijeras y navajas y que, si era posible, le adjudicaran uno de esos juicios rápidos para no volver a verlo jamás. Entonces mi madre nos miró y dijo con su habitual sonrisa de madre empedernida:
-Este señor es el peluquero. A partir de ahora, en vez de ir nosotros a la peluquería, la peluquería vendrá a casa, –dijo.
                        Mis hermanos y yo nos miramos estupefactos, traicionados por nuestra propia madre, pues no esperábamos al enemigo en casa a tan temprana edad y antes de que pudiera decir una sola palabra, el vietnamita ya me había sentado en una silla, me había colocado un paño enorme que llegaba hasta el suelo del que únicamente asomaba mi asombrada perplejidad y el muy bestia había comenzado a pasar una especie de cortador de césped, que previamente había conectado a la corriente y que hacía un ruido ensordecedor, por mi tupida cabellera llena de esplendorosos rizos y tirabuzones; en unos segundos -escupiéndome al hablar-, me despojó de todo mi pelo, mi entereza, mi personalidad y mi buena educación, me hizo varios cortes con sangre, en el cuello y ambas patillas, aunque se disculpó, y al levantarme de la silla de la tortura y a punto de echarme a llorar, le propiné, saliendo inmediatamente a la carrera, una solemne patada en mitad de la espinilla izquierda, que me venía mejor por la trayectoria, que todavía le debe estar doliendo.
                       Mi madre echando mano de las últimas técnicas de psicología moderna, había llegado a la triste e ingrata conclusión de que utilizando el factor sorpresa, sus hijos no saldrían corriendo, -como solíamos hacer desparramándonos cada uno por una calle, justo cuando íbamos a entrar en nuestra peluquería de toda la vida-, donde un señor andaluz de pelo blanco y patillas en forma de hacha hasta la comisura de los labios, a ritmo de seguidilla y “quiyo” no te muevas, nos esquilaba en tres minutos a los tres y nosotros ya nos estábamos cansando de ser los hermanos-oveja y esto era así todos los meses, como lo de la misa diaria, visita obligada. Yo que vi los rizos de toda una vida en el suelo como si fueran basura, cuando se trataba de parte de mi cuerpo, me sentí ultrajado, desnudo, marcado y rapado durante algunos días, hasta que me empezó a crecer un poco el pelo y me fijé en que todos los niños-oveja de mi clase pasaban irremediable y constantemente por las tijeras de algún peluquero, asiático o no. O sea, que era una confabulación de carácter nacional, así que decidimos en cónclave filial terminar con el enemigo cuanto antes. El vietnamita siguió apareciendo dos o tres veces por casa a escupirnos y esquilarnos, porque eso no era cortar el pelo, hasta que claudicó presa de la más absoluta desesperación, después de que mis hermanos y yo le declaráramos una guerra sin cuartel, que consistió, entre otras estrategias, en una campaña de desestabilización mental a base de gritos, desaparición misteriosa de herramientas de trabajo y una, -creímos en su día- suficiente, catarata de insultos y humillaciones verbales que desembocaron en una grave falta de autoestima, depresión y abandono, parece ser, de la profesión y posterior huida de la ciudad.
                       La chica de la tienda de la esquina tenía los ojos del mismo tono azul claro eléctrico que la bata que llevaba. Nos subía las provisiones a casa, yo imaginaba que éramos una familia de proscritos y nos andaba buscando la autoridad civil y judicial, y estábamos escondidísimos en el más absoluto incógnito y nos tenían que traer víveres para subsistir en aquella cueva hasta que vinieran tiempos mejores. Una vez a la semana la amazona, robusta, con su bata azul claro y su sempiterna sonrisa, ¡qué fuerza debía de tener la condenada!, entraba en el comedor cargada de bolsas y paquetes de papel y me saludaba conocedora de que iba a estar ahí, como siempre, esperándola al otro lado de la mesa como un novio impaciente; la miraba sonriente y atento desde mis cinco años para ver qué traía esta vez, rezando por dentro para que no se hubiera olvidado las galletas campurrianas, que habíamos descubierto mis hermanos y yo por azares de la vida, y que empezaban a obsesionarme; y colocaba todos los comestibles encima de la mesa, sin olvidar, gracias al cielo, dos enormes bolsas de papel blanco que contenían el alimento de los dioses y de las que emanaba un aroma característico y único en el mundo; no era yo el único adicto al nutriente divino en casa, por lo que debía de tener siempre un pequeño stock escondido en alguna de mis dependencias secretas, normalmente debajo del tablero de la mesa del comedor, pero no era el único sitio. Tenía la piel blanca como la nata y dos hoyitos a los lados de la cara que se acentuaban cuando sonreía haciéndose tan profundos que parecían dos hendiduras que atravesaran las mejillas hasta dentro; cada vez que venía, se acercaba a mí, de forma que yo podía contarle las diminutas pecas que le salpicaban la cara, me revolvía los rizos con energía, tocaba la punta de mi nariz con su dedo índice, o asomaba la punta de la lengua haciéndome la burla, devolviéndole yo el gesto inmediatamente en un acto de amor y me regalaba un caramelo de fresa que yo agradecía sobremanera. No sabía muy bien por qué, pero la gente siempre andaba regalando caramelos a los niños-oveja (apodo que me puse a mí mismo y al resto de los niños que conocía, mis hermanos, los vecinitos y todos los chicos del colegio al descubrir que todos éramos absolutamente iguales, porque íbamos todos como ovejas a todas partes: a misa, al colegio, a la peluquería, a orinar, al recreo, todos vestidos con aquél espantoso uniforme de rayas de mini presidiario).
                      Sin embargo estaba la señora del puesto de vinagretas del mercado, regordeta ella, al parecer de procedencia italiana, con unos ojos negros cuya mirada traspasaba las paredes, haciendo juego con su pelo, -más negro si cabe-, que disfrutaba de una alegría de vivir contagiosa y despachaba a la clientela a una velocidad de vértigo, -como si fuera a perder el tren-, con su hija mayor que era igual que ella pero más delgada. Era el ejemplo viviente de cómo tenía que ser una madre cara al mundo exterior. Se preocupaba de todo el mundo. Invariablemente me obsequiaba con un pepinillo de los pequeñitos para reírse después durante un buen rato por los gestos que ponía yo al masticarlo. Reía tan a gusto que contagiaba solo de verla.
                       Justo en frente, estaba el señor de la pescadería, como nos habíamos trasladado ya a la ciudad y mi padre ya no nos proveía de nutrientes acuáticos como antaño hiciera en el pueblo y mi madre tenía añoranzas, compraba pescado día sí día no. A dos centímetros y entre los ojos, le surgía un penacho de pelo negro que seguía abarcando toda la cabeza con una mancha negra como la oscuridad y frondosa como un bosque, que resbalaba por delante de las orejas en forma de patillas rectas y generosas, complementando su cara junto a un gran bigote más negro si cabe, que se estiraba inverosímilmente cuando sonreía asomando unos dientes blancos, aunque solo fuera por el contraste con el mostacho, y separados por el centro, entre las palas, como el patio de butacas de un teatro. Para ultimar su atuendo, el hombre del mar lucía un mandil verde a rayas, botas de agua a juego y un vozarrón que me daba más miedo que confianza; abandonaba el puesto, si no había ningún cliente, para estar más cerca de mi madre, y me llevaba de la mano al puesto de al lado donde me proporcionaban una loncha de queso o una oliva, y mientras tanto, se esmeraba en agradar a mi madre a base de halagos y la miraba de arriba abajo y se la comía con los ojos y el tío vacilaba que daba gusto y mi madre, que con treinta y tantos años debía estar de muy buen ver, se dejaba querer con picardía e ingenuidad al mismo tiempo, hinchándose como un globo, complacida y sonrojándose hasta las pantorrillas por los disparates que le soltaba el pescadero, en voz bien alta, que se enteraban tres calles más arriba, sin apocarse lo más mínimo, -al parecer con bastante acierto-, empleando todo tipo de piropos y expresiones tales como “te comería a besos” o frases del tipo de “contigo me iría yo a la luna”. Más tarde comprendería ese tipo de frases gracias al conserje de mi casa. A lo mejor el pescadero y él eran de la misma familia y tenían una especie de hambruna genética insoportable que les hacía perder el control de sí mismos y empezaban a decir cosas a las mujeres casi sin darse cuenta, obnubilados, en cuanto aparecía una fémina en edad casadera...

lunes, 4 de agosto de 2014

CAPITULO CUARTO: EL PORTERO (1ª parte)


                       El portero de la casa donde vivíamos era un tipo pintoresco. Había una relación especial con él pues nosotros habíamos sido la primera familia de unas ochenta que habían ido a vivir al nuevo inmueble y además éramos un montón de críos. Mi padre había elegido el piso más alto, ático y décimo, siendo en aquellos años cincuenta, una de las casas más altas de la ciudad, así estábamos más cerca del reino celestial, decía. Estaba casado con su mujer, dos hermanas de ésta, una más mayor y otra más pequeña, una prima de la misma edad que la pequeña, su suegra y su marido que era una especie de señor reseco y arrugado de muchísimos años y que no se sabía muy bien si vivía todavía o no, a juzgar por el tiempo que pasaba inmóvil a lo largo del día y no tenían hijos porque ya eran bastantes de familia en casa. Disponía de tres bigotes, uno encima de cada ojo y otro sobre la boca. Debía recortarlos a menudo porque le crecía el pelo con una profusión indomable. Sus cejas negras y espesas ocultaban por su abundancia unos párpados que cubrían unos diminutos ojos negros que brillaban al fondo, como si los tuviera en el cogote; unas pestañas oscuras, tupidas y unas ojeras pardas y enfermizas multiplicaban el efecto distante. Por supuesto que ante tal exuberancia, las cejas se juntaban por encima de la nariz, que por su forma recordaba ineludiblemente a un águila real oteando el horizonte, dándole el aspecto de un iraní o habitante de algún país vecino a éste, que junto al bigote, le otorgaba a primera vista un aire excesivamente serio y pendenciero de extranjero errante, susceptible de hacer cualquier barbaridad en un momento dado, adorador de los más abyectos e innombrables dioses paganos y probablemente disoluto, rastrero y protagonista principal de oscuros y nauseabundos ritos ancestrales en los que era más que seguro que invocaría malignas deidades por doquier sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos.
                        Pero nada más lejos, el hombre era divertido, locuaz y chistosillo. Los domingos aparecía como un pincel por las bodegas de los alrededores a tomar revueltos de moscatel y anís, casi siempre con traje claro, el pelo negro engominado hacia atrás, discreto pero con cierta elegancia, con su colega de la casa de al lado, bastante mayor que él y auténtico experto en misceláneas etílicas; el portero se había convertido para el buen conserje y con el tiempo, en el hijo que nunca pudo tener, ya que había quedado viudo al poco de casarse y era tal el amor que sentía por su esposa que permanecía fiel a ella a los cuarenta años de su muerte. Tal era su devoción, que llevaba toda la vida comiendo y bebiendo por duplicado, en recuerdo del amor de su vida, que falleció la pobre recién casada con veintiún años de una mal cuidada y pertinaz tuberculosis, por lo que a pesar de estar próximo a la jubilación, cuando la evocaba, veía a una jovencita preciosa y se imaginaba cómo hubiera sido con cuarenta años más, una viejecita adorable. De la misma forma, para el portero, el colega de la casa de al lado, más que un amigo, se había convertido en la figura del padre que casi no recordaba haber tenido, pues había perdido a los suyos siendo un niño en el pueblo y había estado tan ocupado intentando subsistir con sus abuelos que el recuerdo de su infancia se reducía a un episodio en el que una panda de gamberros le daban una pedrada en la cabeza encima de la oreja derecha, perdiendo el conocimiento. Veinticinco años después todavía llevaba un bulto. Eso y el recuerdo de la paliza que le dio su abuelo al padre del crío que le tiró la piedra delante de medio pueblo. Ese era el instinto de protección que le sugería el conserje, el que había sentido durante su corta y maltrecha infancia por parte del padre de su padre.
                    Mientras tanto, la legión de mujeres de la familia, esposa, cuñadas, prima y suegra, que a pesar de ser solamente cinco, cundían como una multitud, iban a misa de doce todos los domingos y fiestas de guardar permaneciendo siempre juntas como los dedos de una mano o un manojo de hormigas soldado apoyándose las unas en las otras. La hija mayor, -que se le estaban pasando los años mozos en un abrir y cerrar de ojos, como si el tren del amor hubiera pasado de largo a toda velocidad sin detenerse en la estación de la esperanza, donde ella aguardaba con perseverancia al hombre de su vida, que ciertamente no había pasado por ahí; ni al jefe de estación, ni tan siquiera a algún revisor despistado que se apiadara de ella y le echara un vistazo y a este paso se iba a quedar para vestir santos, a lo mejor era por su carácter agrio, dictatorial y su tendencia a dirigir de una manera definitivamente castrense a toda la familia, vecinos y allegados-, iba con su madre por delante; detrás marchaban las hermanas y la prima, manteniendo la comitiva un escrupuloso protocolo y sin dejar de hablar, eso sí, camino de misa lo hacían en voz baja, santiguándose de vez en cuando en recuerdo de alguien o de algún episodio tal vez espeluznante que alguna de ellas había relatado al resto, probablemente exagerándolo todo para darle más fuerza e interés a la historia, convirtiendo el catarro de una vecina en una pulmonía triple y ésta en los últimos estertores, ya en los momentos postreros de su vida. Al cabo de una semana aparecía la mujer en cuestión más fresca que una mañana de primavera a primera hora y entonces las cinco mujeres hacían públicas todas las rogativas que habían estado ofreciendo al Altísimo para sanar a su colindante y arrebatarla de las garras de la parca. Por lo demás, iban tan acicaladas que cualquiera diría que se dirigían a la ópera.
                        El buen portero, que argumentaba a su familia con una descarada mentira que él iba a la iglesia por la tarde y que prefería hacerlo en soledad, disponía de la libertad de doce a dos, tiempo más que suficiente para cogerse una deliciosa medio cogorza dominical con su amigo y “padre”, el conserje de la casa de al lado, que parecía más un mayordomo que otra cosa, dado el exquisito trato que dispensaba a sus clientes- vecinos. El abuelo se quedaba cuidando la casa, aunque no se sabía a ciencia cierta si el anciano, a pesar de estar sentado en el rellano, con la silla del revés y los brazos apoyados en el respaldo de la misma, estaba despierto, dormido, en trance, muerto o ninguna de las cuatro opciones, permaneciendo todo lo inmóvil que hubiera podido quedarse una momia de haber estado allí en la misma situación. De vez en cuando entreabría lentamente sus descoloridos párpados, arrugados y recogidos en varias capas y como un lagarto viejo asomaba por una rendija unas opacas y blanquecinas córneas tras las cuales unas pupilas gastadas y de ningún color en particular se mostraban errantes y cansadas, -se supone que observando la situación, aunque yo siempre estuve convencido de que no veía absolutamente nada-, al tiempo que golpeaba rítmicamente el suelo durante unos segundos con el bastón que no abandonaba jamás y que era una prolongación de su mano derecha, que colgaba del brazo pesada, grande y huesuda, de venas casi tan gordas como sus dedos, se diría que navegables, como siguiendo el ritmo de algún soniquete que hubiera salido de golpe tras setenta años de letargo de algún rincón oscuro de su cerebro rememorando otros tiempos u otras vidas y estuviera resonando en ese momento dentro de su cabeza, adjunto a un recuerdo, o anunciando al mundo que todavía había algo de vida merodeando por ese cuerpo seco, macilento, momificado y gris. Poco después cerraba parsimoniosamente la débil rajita de sus ojos uniendo los párpados, huérfanos ya de pestañas, hasta que volvía a morirse otra vez y se quedaba allí tan inmóvil como las paredes que le rodeaban, mimetizándose con el paisaje como un reptil centenario en invierno incapaz de moverse por el frío. En otras ocasiones se dormía con los ojos abiertos sentado en su eterna silla de anea en mitad del rellano de la escalera reverberando sus larguísimos ronquidos escaleras abajo. Entonces yo me acercaba despacio y le pasaba la mano por delante de los ojos cuya mirada atravesaba mis dedos dirigiéndose al infinito, con la cara caída hacia un lado y apoyada la cabeza en el antebrazo en una postura grotesca.
                        Con el gesto limpio y conciso de un gato y los ademanes gráciles de un mimo, aunque hubiera preferido ser un famoso mago, el portero se pasaba el día haciendo juegos malabares, de naipes o hacía desaparecer pequeños objetos, sus manos eran mucho más rápidas que la vista, -nunca le cogí un truco-, mientras empleaba el rostro para gesticular exageradamente pasando de la sorpresa al susto, del temor a la satisfacción y de paso distrayéndome del juego para no ver el truco, pero las circunstancias de la vida y su amplia y femenina familia política le inclinó a tener que dedicarse a labores de portería en la ciudad, a pesar de ser un excelente electricista, carpintero, fontanero y muchas cosas más. El resto de la semana parecía no tener ningún apuro en ir exclusivamente vestido con un mono azul de trabajo que cualquier día se iría él solito a la basura de lo viejo y gastado, sus trapos para el polvo, que colgaban como armas letales de un cinturón raído y ceñido por encima de la ropa, cual canana a la altura de las caderas, llena de munición: alicates, tenazas y destornilladores dispuestos a todo, acompañándole su eterna caja de herramientas, un viejo y sobado cajón de madera, negro de sucio y grasiento por los cuatro costados, con una barra en medio a modo de asa. Y de esta guisa iba por la vida, salvo que se produjera algún óbito en la comunidad en cuyo caso reemplazaba el mono de trabajo por un impecable traje oscuro haciendo juego con una corbata negra, mudando su habitual sonrisa mordaz por un gesto más fatídico adecuado al evento. Entonces retiraba el brillo de sus ojillos mustios quedando ahora su mirada satinada y opaca anclada en el infinito universo de los designios divinos y de ultratumba. Más tarde colocaban al lado de la portería una mesita ovalada y abatida de débiles y enclenques patitas con un libro y un bolígrafo en el que los vecinos firmaban o hacían respetuosas anotaciones o semblanzas del finado, no se sabe muy bien para qué, a parte de dar las condolencias a la familia porque, el fallecido ya se había muerto y no pensaba en volver y aun en el caso de haber podido hacerlo, probablemente no conocería el camino de vuelta y se perdería por ahí y para el caso era lo mismo que morirse si sus allegados no volvían a verle nunca.
                 El mueble en cuestión hubiese preferido ser la mesita de un salón donde hubieran situado un teléfono, un frutero o un coqueto platito con caramelos, o vivir en algún despacho oficial soportando el peso de una escultura o un reloj o algo de valor. Pero no, su vida se había limitado hasta ahora a permanecer encerrada en un cuarto lleno de trastos viejos y polvorientos hasta que era requerida por algún deceso casi siempre inoportuno. Triste destino para una mesa de ébano cincelada por expertas manos artesanas y que en su día había costado un potosí. Mi padre, en nombre de la comunidad de vecinos y a sus expensas, había sido quien había adquirido el refinado mueble en una tienda de renombre nacional.
                         Había oído decir que los muertos se iban al Cielo, pero no tenía ni idea de lo que significaba esa expresión. Yo desde mi poco más de un metro de estatura admiraba al portero porque era capaz de arreglar casi todo. Un día por casualidad, me di cuenta de que además de ser campechano y hablador con todo el mundo, era especialmente zalamero con el sexo femenino y a algunas mujeres se las “comía” con la mirada, como si de alguna forma las absorbiera incluso con la boca, masticando bocanadas de aire en un acto de canibalismo mental, de seducción contenida, en cuanto le daban la espalda, por –según él- comprensibles motivos laborales, “no se puede morder la mano que te da de comer”, me decía agachado dándole vueltas en el aire delante de mi cara a su dedo índice, -yo no entendía nada-, y las desnudaba con los ojos al son del movimiento de sus caderas mientras éstas subían los nueve peldaños que separaban la portería del primer piso, -exagerando el vaivén algunas, conscientes de que eran observadas por ese hombre joven y fuerte que se auguraba de lo más vigoroso-, luego se mordía el labio inferior, ocultando la barbilla hacia adentro con una muy poco disimulada ansiedad por debajo del negro mostacho, entornando los ojos y empequeñeciéndolos más, si eso era posible, quedando en trance hipnótico y estático por el espectáculo durantes dos o tres segundos; inmediatamente después revisaba la fotografía imaginaria que acaba de tomar, regodeándose en esa imagen rebozada de fantasía que tan bien había sabido guardar en su mente, el delicado equilibrio entre la dureza de unas bien formadas caderas y la redondez de unas nalgas que se adivinaban duras por dentro, pero a la vez tiernas y suaves por fuera en su justa medida, unas largas piernas de muslos cálidos, tersos, trémulos e interminables que prorrogaban su existencia con unas pantorrillas finas, frías y resbaladizas como el vientre de un pez. Después del esfuerzo y el revolcón mental, resoplaba para recuperar la compostura y seguía con su trabajo, limpiando ventanas, sacando brillo a los pomos de las puertas o sustituía encima de una altísima escalera y en precario equilibrio, una bombilla que se había fundido, lo cual en aquellos tiempos era bastante habitual dada la fluctuación de la corriente eléctrica. Yo le espiaba cuando aparecía alguna vecinita para ver su reacción, haciéndome el despistado, pero él debió darse cuenta de que lo observaba y entonces cada vez que concurríamos los dos con alguna fémina particularmente bien formada y reconocida ya por ambas partes nuestra complicidad mediante un par de miradas y algún guiño por su parte como señal de que daba comienzo el espectáculo, en cuanto ésta se daba la vuelta, seguía escrupulosamente la misma ceremonia pero exagerándolo todo, resoplando como un caballo y dándole vueltas a los ojos teatralmente al tiempo que me miraba de reojo para ver si estaba pendiente y yo me moría de la risa sin entender nada de nada. Con algunas vecinas, y había donde elegir entre más de cien, habitualmente las más jóvenes y favorecidas, tras este rito, meneaba la cabeza de izquierda a derecha mirando el espacio vacío por donde acababa de pasar la señorita en cuestión y añadía en voz baja con la lengua prisionera entre sus dientes apretados y adelantando la mandíbula:
-¡Entera, es que me la comía entera!
                         ¡Qué hambre debía de pasar este hombre! Además, con el tiempo me di cuenta de que algunas de las mujeres que se merendaba a media tarde con la mirada eran en ocasiones bastante mayores que él o al revés, unas niñas, eso sí creciditas, que venían del colegio en ese momento. Me daban ganas de pedirle a mi madre que preparara un bocadillo de chorizo y se lo bajara al pobre hombre a la garita. Al principio reflexioné sobre el asunto, -porque estaba llegando por momentos a la conclusión de que en este mundo las cosas no son siempre como parecen, (ni la gente quería decir lo que decía en un momento dado, si no a lo mejor exactamente lo contrario)-, si realmente pasaba hambre y le gustaría comérsela, -quiero decir-, cocinada y servida en un plato con cuchillo y tenedor sobre un mantel, -¡pobre mujer!-, y que a lo mejor en vez de nacer en algún pueblo como casi todo el mundo, lo había hecho en la selva y pertenecía a alguna de esas tribus antropófagas que se comían a sus enemigos y a todo aquel que, despistado, se le ocurriera pasar por delante de la puerta de la choza a eso del mediodía, hasta que con el paso de los años lo comprendí todo, porque a mí también me empezaban a entrar unas ganas terribles de comerme “a besos” a alguna vecinita, incluso a algunas madres de algunas vecinitas y digo yo que sería por el mismo motivo, porque desde luego, yo no era ni amazónico, ni tan siquiera tropical.
                      Otras veces desde lo alto de la escalera, el portero detenía de repente sus labores de limpieza de las lámparas del techo dejando su mano y el trapo con el que quitaba el polvo suspendidos en el aire, quieto como una estatua, olfateaba el aire en derredor y segundos después, oteaba desde las alturas agudizando la mirada, como un gran águila real, esperando que apareciera alguna fémina y decidiendo si era o no de la casa, incluso antes de verla rebuscando en su amplio catálogo de aromas femeninos, así en el caso de no serlo, correría menos peligro de que dejaran de darle de comer como represalia al piropo. Lo mismo le daba rubias que morenas, altas que bajas, flacas que regordetas, jovencitas o menos, tenía lisonjas para todas ellas. Y cuando la dama en cuestión pasaba por debajo de él, desde las alturas soltaba con desparpajo una sarta de frases enfatizándolas como si estuviera subido a un escenario en la plaza de algún pueblo y estuviera actuando:
-¡Vaya monumento...! ¡Eso sí que es una carrocería, qué delantera! ¡Vaya bombón!
                       Fue entonces cuando me di cuenta de lo que disfrutaba el buen portero en aquellos momentos. Era su válvula de escape, una bofetada de aire limpio y fresco en la cara que le alimentaba dándole energías suficientes para seguir viviendo con alegría. Y además no solo no hacía mal a nadie si no que les dulcificaba durante un rato la vida a las féminas con las que se atrevía eso sí, con mesura y respeto, sin caer en soeces groserías, según la edad, extracción social, nivel socio-cultural y estado civil.
                       Su suegro, al que poco menos habían secuestrado sus propias hijas para llevarlo a la ciudad a vivir con ochenta y cinco años, no sabía qué hacer para pasar el tiempo, además, ya era demasiado viejo para andar echando broncas y coserles la boca a todas las mujeres de su familia para que se callaran de una vez, que es lo que realmente hubiera querido hacer o que lo dejaran en paz y se quedaran en la capital, que él iría a morirse al pueblo de donde no debía haber salido nunca, deseo que permaneció ferviente durante algún tiempo, pero que debido a la edad se fue diluyendo para convertirse en un pensamiento acurrucado en el disociado recuerdo de su vida. Permanecía sentado en una silla también octogenaria como una momia, en el rellano de la escalera, esperando algo de la vida viendo cómo el ascensor subía y bajaba hipando intermitentemente con sus motores, poleas internas y cables de acero embadurnados de grasa por todas partes para que no chirriara demasiado, cosa que no dejaba de hacer en cuanto se ponía en marcha. Por lo menos no tenía que escuchar los cacareos continuos de su mujer, sus hijas y la sobrina, que no dejaban de hablar desde el momento que se levantaban por la mañana. ¡Ya lo habían jodido bien trayéndolo a la ciudad! ¡Si él había sido siempre un hombre de pueblo y lo más avanzado que había conocido tecnológicamente eran los botones de las camisas!
                       Tenía una mirada antigua como el mundo y lejana como el horizonte y no hablaba casi nunca salvo para dar alguna orden. Su rostro era un mar de arrugas, una por cada surco que había abierto en la tierra con su arado a lo largo de su vida desde bien joven, al que añoraba tanto o más que a su mula. A pesar de que vivía doblado por la mitad, pues se había dejado la espalda sembrando todo y recogiendo nada, en aquellas tierras áridas, calcinadas y peladas por el viento que les había arrancado la piel a los dos, dejándolos en carne y roca viva respectivamente, todavía le quedaban fuerzas para echarlo todo de menos y vivir alimentándose del recuerdo de los campos, el pan con aceite, el sol en la cara ajada de haber vivido casi toda su vida a la intemperie con las nubes y las estrellas como señoritas de compañía y la esperanza de tener algún día lo suficiente para seguir trabajando pero sin vivir con tantas estrecheces. Aunque estaba acostumbrado a una vida tan austera sembrada de privaciones y calamidades que de haber tenido dinero suficiente, incluso para despilfarrarlo, no hubiera sido capaz de gastarlo ni regalándolo.